¡Dichoso tú, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos!

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FAUSTINO-ARMENDARIZ-JIMENEZ

Mt 16, 13-20

XXI Domingo Ordinario

+ Faustino Armendáriz Jiménez 

Arzobispo de Durango 

En el Evangelio de este domingo san Pedro recibe una Revelación de Dios y una Misión. Podemos dividir este pasaje en tres partes: 1) lo que piensa la gente a propósito de Jesús; 2) lo que afirma Pedro; 3) las promesas de Jesús. 

Lo que piensa la gente a propósito de Jesús

La gente tenía una idea vaga de Jesús, en parte porque el mismo Jesús, cuando usaba la expresión ‘Hijo del Hombre’, no alcanzaba a comprender si hablaba de sí mismo, de un salvador futuro; por eso no extrañan las respuestas que recogen los discípulos. Para unos, el Hijo del Hombre es Juan Bautista; para otros, de mayor formación teológica, Elías, porque está profetizado que volverá al final de los tiempos; para otros, no sabemos por qué motivo, Jeremías o alguno de los grandes profetas. Lo común a todas las respuestas es que ninguna identifica al Hijo del Hombre con Jesús, y todas lo identifican con un profeta, pero un profeta muerto, bien hace nueve siglos (Elías) o recientemente (Juan Bautista). Es obvio que Jesús no se explicaba en este caso con suficiente claridad o era intencionadamente ambiguo.

Lo que afirma Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»

Estamos tan acostumbrados a escuchar la respuesta de Pedro que nos parece normal. Sin embargo, de normal no tiene nada. Los grupos que esperaban al Mesías lo concebían como un personaje extraordinario, que traería una situación maravillosa desde el punto de vista político (liberación de los romanos), económico (prosperidad), social (justicia) y religioso (plena entrega del pueblo a Dios). Jesús es un galileo mal vestido, sin residencia fija, que vive de limosna, acompañado de un grupo de pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y diversas mujeres. Para confesarlo como Mesías hace falta estar loco o tener una Inspiración Divina.

Las promesas de Jesús a Pedro

Después de la confesión de san Pedro, Jesús comienzan con una bendición, que subraya la importancia de lo que ha dicho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo. San Pedro no es un hereje ni un loco, sus palabras son fruto de una Revelación del Padre, pues «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar» (Mt 11,25-30).

Basándose en esta Revelación, no en los méritos y deseos de Pedro, Jesús anuncia que, sobre él, una roca, edificará su Iglesia; además le dará las llaves del Reino de Dios; y en consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Una pequeña enseñanza 

El verdadero conocimiento de Cristo, proviene del mismo Dios, del Padre, es Dios mismo quién nos enseña que Jesús es el Salvador, San Pedro iluminado por el Espíritu hizo su confesión de fe en Jesús, Aceptar a Jesús y su mensaje, no depende de una decisión personal: yo quiero, a mí me gusta, siento bonito, no, así no,  las cosas de la Fe no son así.  Los cristianos NO podemos reconocer y aceptar a Jesús en nuestras vidas sin el Don de Dios, es necesario asumir y hacer propia la recomendación de san Ignacio de Loyola: pedir la gracia del conocimiento interno del Señor, para que le ame y le siga (EE nº 104). Ahora bien, este conocimiento interno requiere tiempo, a veces mucho tiempo, porque como dijo el Papa Francisco: «Conocer a Jesús es una aventura que te lleva toda la vida, porque el amor de Jesús no tiene límites». Y el único camino para ello es la oración contemplativa y el estudio del Evangelio. Sin estos elementos es posible que nuestra idea de ser parte de la Iglesia que forme Jesús, sea imprecisa, ilusoria, y alejada de la realidad.

La pregunta que deberíamos hacernos es: Durante la semana ¿Cuántas veces invoco al Espíritu de Dios para que me asista en mis trabajos? ¿en mi oración pido entender los misterios del Reino de Dios? ¿Cuánto tiempo dedico a leer el Evangelio? 

Dios nos conceda la Gracia de reconocer a Jesús como su Enviado.

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