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«Los Guías sabios brillarán como esplendor del firmamento, y los que enseñan la justicia resplandecerán como estrellas» (Dn 12, 1-3)

Domingo XXXIII Ordinario ciclo B

+ Faustino Armendáriz Jiménez 

Arzobispo de Durango 

Momentos de crisis, tiempo de confusión y desconcierto, son mencionados en la Palabra de Dios, de este domingo, pero la intención es consolar a los que atraviesan esta dura prueba y mostrar una actitud ante la realidad. 

Los años 169-167 a.C. fueron especialmente duros para los judíos. El 169, Antíoco Epífanes, rey de Siria, invadió Jerusalén, entró en el templo y robó todos los objetos de valor, después de verter mucha sangre. El 167, un oficial del fisco enviado por el rey mata a muchos israelitas, saquea la ciudad, derriba sus casas y la muralla, se lleva cautivos a las mujeres y los niños, y se apodera del ganado. Al mismo tiempo, Antíoco, obsesionado por imponer la cultura griega en todos sus territorios, prohíbe a los judíos ofrecer sacrificios en el templo, guardar los sábados y las fiestas, y circuncidar a los niños [como si a nosotros nos prohibieran celebrar la eucaristía y bautizar a los niños]; y manda contaminar el templo construyendo altares y capillas idolátricas, y sacrificando en él cerdos y animales inmundos.

Estos acontecimientos provocaron dos reacciones muy distintas: una militar, la rebelión de los Macabeos; otra teológica, la esperanza apocalíptica, que encontramos reflejada en la 1ª lectura de hoy.

En ella se le anuncia al profeta que habrá un tiempo de angustia como no lo ha habido nunca; pero, al final, se salvará su pueblo, mientras que los malvados serán castigados. Todo esto no puede ocurrir en este mundo, el autor está convencido de que este mundo no tiene remedio. Ocurrirá en el mundo futuro, cuando unos resuciten para ser recompensados y otros para ser castigados. Importantísimo notar que entre los buenos el autor destaca a los doctos, a los que enseñaron a la multitud la justicia, ellos «brillarán como las estrellas, por toda la eternidad». Con ello deja clara la postura y la solución ante una profunda crisis: la solución no está en las armas, como piensan los Macabeos, sino en la Educación.

Hoy somos testigos de feroz interés por los colonialismos ideológicos, esto es una forma moderna de hacer violencia y de generar esclavitud. La palabra de Dios nos ilumina y nos invita a tomar las armas nobles de la educación y formación, para conservar el precioso don de la Libertad. 

La educación es “comunicar desde una experiencia previa para construir una realidad humana nueva. Es un camino siempre abierto para llegar a la meta de la propia realización. Es formar e impulsar a una persona para que logre el desarrollo de su conciencia y alcance la madurez de su ser. Desarrollar integral y armónicamente las capacidades de cada ser humano. Vivir para realizarnos. Perfeccionar al ser humano a través del desarrollo de virtudes que enriquecen a la propia persona, al mundo y a los demás. Introducirnos a la totalidad de los factores que integran la realidad sin negar ninguno, descubriendo su significado último y valorando cada uno en su justa dimensión. Educar es recibir de otros para crecer uno mismo en orden a la propia realización en apertura a los demás, al mundo y a Dios. El proceso educativo incluye, por ello, no sólo al sujeto que educa, sino también al que comunica con sabiduría todo el entorno que propiciará el aprendizaje y la formación. 

Hoy los cristianos debemos asumir nuestra vocación de ser «Luz del mundo y sal de la tierra», las nuevas generaciones necesitan urgentemente ser educados y formados en la Verdad, para esto la familia, con su papel peculiar e irrenunciable; es la mejor escuela. 

Queridos hermanos, ante la crisis actual de la pérdida de identidad, de cara a esta sociedad cada vez más liquida, una actitud reaccionaria y violenta que divide a la sociedad no sería lo más sensato, aprendamos, pues, de la Palabra Divina y apostemos por la formación sobre todo de nuestros niños y jóvenes, que ellos tengan las armas de la Verdad para afrontar este mundo que cambia aceleradamente. Amén.

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