add share buttonsSoftshare button powered by web designing, website development company in India

X Domingo Ordinario El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. Mc. 3, 20-35

+ Faustino Armendáriz Jiménez

Arzobispo de Durango 

Después de tantas fiestas (Pentecostés, Trinidad, Corpus Christi), volvemos al Tiempo Ordinario y a los comienzos de la actividad de Jesús. Ateniéndonos al relato de san Marcos, que este año meditamos, después del Bautismo y las Tentaciones, Jesús ha predicado en la sinagoga de Nazaret y ha realizado diversos milagros. Sin embargo, su forma de actuar, sus ideas y sus pretensiones, provocan la oposición de los fariseos que, ya desde el principio, «se pusieron a planear con los herodianos la forma de acabar con él» (Mc 3,6). Pero todavía queda mucho para la pasión y muerte. Jesús sigue ganando popularidad en todas partes (3,7-12) y elige a los doce (3,13-19).

En este momento comienza el evangelio de hoy. Se compone de tres episodios que reflejan tres actitudes ante Jesús: 1) Desconfianza: la familia de Jesús desconfía de él y piensa que está loco. 2) Condena: los escribas lo acusan de endemoniado. 3) Aceptación: hay personas que se convierten en la verdadera familia de Jesús.

Desconfianza de la familia

Los escribas y fariseos se escandalizan de lo que hace y dice Jesús. La reacción de su familia es distinta. Cuando se entera de que no tiene tiempo ni para comer, piensan que está loco, «fuera de sí», y quieren llevárselo a la fuerza a Nazaret. [La traducción litúrgica deja mejor a la familia. No traduce: «porque decían», sino «porque se decía», como si la familia no compartiese del todo la opinión.]

Si queremos conocer bien a Jesús, este dato es fundamental. Las críticas de escribas y fariseos, el rechazo de los sacerdotes, el desinterés de muchos de sus oyentes, le resultarían dolorosos; pero la desconfianza de la propia familia sería algo más duro de lo que podemos imaginar. Sin embargo, el saberlo serviría de consuelo a tantos cristianos del siglo I para los que hacerse cristianos supondría un enfrentamiento a la familia. 

Condena de los escribas

Los grandes conocedores de la Ley de Moisés, los escribas, emiten un juicio más radical: «Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del príncipe de los demonios». Lo peor que puede decirse de uno que pretende hablar y actuar en nombre de Dios. A nosotros puede extrañarnos que el evangelista dedique tanta atención a este tema, pero Jesús debía defenderse, y las comunidades cristianas saber responder a esta acusación gravísima. Curiosamente, Jesús no reacciona de forma airada. Se porta como un maestro que hace reflexionar a sus alumnos y los instruye. Su breve discurso contiene un argumento, una enseñanza y una amenaza.

 El argumento es de sensatez: si Satanás se introduce en Jesús para expulsar a los endemoniados, está luchando contra sí mismo, destruyéndose. Solo alguien fuera de si, puede decir que Jesús «expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». La enseñanza se centra en la victoria de Jesús sobre Satanás. Los discípulos, al ver los milagros de Jesús y las curaciones de endemoniados, pueden considerarlos hechos aislados, sin relación entre ellos. Para Jesús, demuestran que él ha vencido a Satanás, el aparentemente forzudo, y por eso puede arrebatarle todas sus víctimas. La primera lectura de hoy, tomada del Génesis, pienso que se ha elegido porque anuncia esta victoria de Jesús sobre el demonio. La amenaza se dirige a los escribas y a quienes piensan como ellos: quien considere a Jesús un endemoniado, blasfema contra el Espíritu Santo y no tendrá perdón jamás. Es el famoso «pecado contra el Espíritu Santo», cada vez que Jesús perdona los pecados lo hace con el poder del Espíritu Santo; quien dice que ese espíritu es el demonio, se cierra el perdón, porque Satanás no puede perdonar.

Aceptación

Jesús ha terminado su breve discurso y le avisan de su familia está fuera y lo busca. Una vez más comienza formulando una pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos»? , y la respuesta es, «El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». Esas palabras las dirige a quienes los rodean y escuchan. Porque la condición indispensable para hacer la voluntad de Dios es escuchar a Jesús. Y ellos lo hacen. Ellos son la familia de Jesús. 

En nuestra sociedad, muchos presumen de «conocer» a una familia importante, de haberla visto un día en directo, de tener fotos con ellos, de haber sido invitados a sus casas. Nosotros los cristianos tenemos un motivo de orgullo mayor: ser la familia de Jesús… si lo escuchamos y cumplimos lo que nos dice.

Algo me parece esencial en el evangelio de hoy: las actitudes tan distintas que provoca la persona de Jesús, que siguen dándose hoy día. No creo que nadie lo acuse de endemoniado; pero el rechazo de su persona, a su mensaje, el rebajarlo a un simple iluso «un loco», son reacciones que se dan. Los verdaderos discípulos del Señor no se contarán en grandes números, los verdaderos discípulos son aquellos hombres y mujeres que en la cotidianidad de la vida escuchan, entienden y se esfuerzan por vivir según el plan de Dios.

Please follow and like us:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.