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Fiesta de la Santísima Trinidad El Señor es el Dios del cielo y de la tierra, y no hay otro. Dt 4, 32-40

+ Faustino Armendáriz Jiménez

Arzobispo de Durango 

Después de haber concluido el tiempo Pascual recordando la presencia del Espíritu Santo en medio de la Iglesia;  la Luz del Resucitado no se extingue, sino que pasa al corazón de cada cristiano para que saliendo por todo el mundo compartiendo esa Luz con la fuerza del mismo Espíritu. 

Hoy, celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, es verdad que este Misterio provoca en muchos la sensación de enfrentarse a algo indescifrable, en nuestro pueblo esta celebración no es la que más atrae del calendario litúrgico. Sin embargo, si escuchamos con atención la Palabra de Dios propuesta para este día la perspectiva puede cambiar.

En la primera lectura tomada del Deuteronomio se nos invita a recordar los beneficios de Dios, para ir formando en los oyentes tres actitudes: Admiración, reconcimiento y fidelidad.

Admiración ante lo que el Señor ha hecho por ellos, revelándose en el Sinaí y liberándolos previamente de la esclavitud egipcia. 

Reconocimiento de que Yahvé es el único Dios, no hay otro; cosa que parece normal en un mundo como el nuestro, con tres grandes religiones monoteístas, pero que suponía una gran novedad en aquel tiempo. Este mensaje sigue siendo de enorme actualidad, ya que todos corremos el peligro de crearnos falsos dioses (poder, dinero, etc.).

Fidelidad a sus preceptos, que no son una carga insoportable, sino el único modo de conseguir la felicidad.

El Evangelio nos recuerda el bautismo, por el que pasamos a pertenecer a Dios, este pasaje es el más claro de todo el Nuevo Testamento en la formulación de la Trinidad, pero al mismo tiempo pone de especial relieve la importancia de Jesús.

A lo largo de su evangelio, san Mateo ha presentado a Jesús como el nuevo Moisés, muy superior a él. El contraste más fuerte se advierte comparando el final de Moisés y el de Jesús. Moisés muere solo, en lo alto del monte, y el autor del Deuteronomio entona su elogio fúnebre: no ha habido otro profeta como Moisés, «con quien el Señor trataba cara a cara, ni semejante a él en los signos y prodigios…» Pero ha muerto, y lo único que pueden hacer los israelitas es llorarlo durante treinta días.

Jesús, en cambio, precisamente después de su muerte es cuando adquiere pleno poder en cielo y tierra, y puede garantizar a los discípulos que estará con ellos hasta el fin del mundo. A diferencia de los israelitas, los discípulos no tienen que llorar a Jesús sino lanzarse a la misión para hacer nuevos discípulos de todo el mundo. ¿Cómo se lleva a cabo esta tarea? Bautizando y enseñando. Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo equivale a consagrar a esa persona a la Trinidad.

En la primera lectura, Dios exigía a los israelitas: «guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo»; en el Evangelio, Jesús subraya la importancia de «guardar todo lo que les he mandado».

La carta a los Romanos nos ofrece una visión mucho más personal y humana de la Trinidad.

La formulación no es tan clara como en el Evangelio, pero san Pablo menciona expresamente al Espíritu de Dios, al Padre, y a Cristo. No lo hace de forma abstracta, como lo hace la teología, sino poniendo de relieve la relación de cada una de las tres personas con nosotros. 

Lo que se subraya del Padre es que además de ser Padre de Jesús, es Padre de cada uno de nosotros. 

Lo que se dice del Espíritu Santo no es que «procede del Padre y del Hijo por generación intelectual», sino que nos libra del miedo a Dios, de sentirnos ante él como esclavos, y nos hace gritarle con entusiasmo: «Abba» (papá). 

Y del Hijo no se exalta su relación con el Padre y el Espíritu, sino su relación con nosotros: «coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados».

Finalmente, las tres lecturas insisten en el compromiso personal con estas verdades. La Trinidad no es solo un misterio que se estudia en el catecismo o la Facultad de Teología. Implica observar lo que Jesús nos ha enseñado, y unirnos a él en el sufrimiento y la gloria. 

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo seguimos adelante, confiados en que nos conduce por buen camino.

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