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A PESAR DE LAS PUERTAS CERRADAS Jn 20, 19-31 II Domingo de Pascua

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+ Faustino Armendáriz Jiménez 

Arzobispo de Durango  

Encontramos en el Evangelio de este Domingo dos apariciones del Resucitado: una el mismo día de la resurrección con la presencia de los apóstoles y la ausencia de Tomás, uno de los Once; y la segunda, ocho días más tarde, con la presencia del grupo completo, incluido ahora Tomás.

La primera aparición tiene lugar “al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana” (20,19), y No se precisa el lugar dónde se encontraban reunidos, pero sí se señala que las puertas estaban cerradas por temor a los judíos. El miedo y el encierro son signos de la falta de fe de la primera comunidad, todavía golpeada por los acontecimientos vividos en los últimos días.

En su primera aparición Jesús Resucitado saluda a los discípulos diciéndoles: ¡Paz a ustedes!. Más que un deseo, se trata aquí de la donación efectiva de la paz, de una presencia real de la paz como don tal como lo había indicado Jesús en su discurso de despedida: Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo (Jn 14,27). Esta paz, según el trasfondo del Antiguo Testamento (Shalom), incluye todos los bienes necesarios para la vida presente y la plenitud de bienes en la vida futura. Pero lo que en el Antiguo Testamento era promesa, por la muerte y resurrección de Cristo se vuelve realidad. Justamente en el AT se considera que la presencia de Dios en medio de su pueblo es el bien supremo de la paz (cf. Lev 26,12; Ez 37,26). Entonces para el evangelista Juan la presencia de Jesús resucitado en medio de los suyos es la fuente y la realidad de la paz que se hace presente. Y esta paz no está ligada a su presencia corporal sino a su realidad de resucitado, victorioso de la muerte, y por eso les da, junto con su paz, el Espíritu Santo y el poder de perdonar los pecados (20,22-23).

Ahora bien, no se trata de creer en el aire o en el vacío; sino que estamos llamados a tener una experiencia, en la fe, de la Presencia de Jesús Resucitado en nuestra vida, análoga a la que tuvieron los Apóstoles.

Esta Presencia de Jesús escapa a los sentidos pues no lo podemos ver ni tocar como hizo Tomás; pero sí podemos sentir los efectos de su Presencia, de su paso por nuestra vida. El evangelio de hoy nos habla ante todo de la paz que el Señor regala a los suyos. Junto a la paz tenemos la alegría, que también refiere el evangelio de hoy. Íntimamente unido a estas experiencias está el tema del perdón de los pecados confiado a la Iglesia (la misericordia). Y por fin, la raíz o causa de todo: el don del Espíritu Santo.

Además de la fe, la otra condición indispensable para esta experiencia de Jesús Resucitado es la inserción o pertenencia comunitaria. También en esto el ejemplo de Tomás es claro. Sólo cuando se incorporó a la comunidad apostólica pudo encontrarse con el Señor. El Señor se hace presente en la comunidad de los creyentes y allí podremos ‘verlo’ con los ojos de la fe.

Ahora bien, para que la Iglesia haga visible a los hombres la Presencia de Jesús Resucitado tiene que vivir las notas características que nos describía la primera lectura. Esto es: una Iglesia donde los creyentes tengan “un solo corazón y una sola alma” y por eso vive la comunión incluso a nivel de los bienes materiales de modo que ninguno pase necesidad.

El fruto de esta experiencia de encuentro con Cristo es volvernos una nueva criatura. Sí, porque hemos resucitado con Cristo en el Bautismo y se nos ha comunicado, en germen, la vida nueva de la Gracia. Y esta vida de fe debe crecer y manifestarse en la caridad fraterna y en el cumplimiento de los mandamientos; venciendo así al mundo que nos invita constantemente al egoísmo y al libertinaje.

Completaríamos esto recordando la centralidad de la fe en las tres lecturas. Una fe vivida en comunión; una fe que nos hace renacer a una vida nueva que se expresa en el amor fraterno, el cumplimiento de los mandamientos y la victoria sobre el mundo; en fin, una fe feliz por la presencia del Señor Resucitado entre nosotros, aunque no lo veamos.

Bien podemos decir que el tema que unifica este domingo es la fe en Cristo Resucitado y su dimensión comunitaria. Al respecto podemos recordar las Palabras del papa Benedicto XVI a inaugurar la Conferencia de Aparecida: ¿Qué nos da la fe en este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás”

El evangelio nos habla también del “envío” de los discípulos, y en ellos toda la Iglesia recibe la responsabilidad de prolongar la misión de Jesús en el tiempo; misión que se puede resumir en el “perdón de los pecados”, en el ejercicio de la misericordia de Dios. Al tema de la fe y de la comunidad, unimos entonces el tema de la misericordia que es propio de este segundo domingo de Pascua que es llamado ahora también domingo ‘de la divina misericordia’, con la intención es educar a los fieles para que comprendan esta devoción a la luz de las celebraciones litúrgicas de estos días de Pascuas. La finalidad es mostrar cómo la misericordia divina es comunicada por Cristo muerto y resucitado, fuente del Espíritu que perdona los pecados y devuelve la alegría de la salvación. En breve, la revelación de la misericordia divina tiene su cumbre en el misterio pascual.

En este sentido, uniendo misión y misericordia, la fe pascual nos conduce a mirar y tocar las llagas de Jesús en los hermanos, como nos proponía el Papa Francisco en el Regina Coeli del 28 de abril de 2019: “Tocar las llagas de Jesús, que son los tantos problemas, las dificultades, las persecuciones, las enfermedades de tanta gente que sufre. ¿Tú no estás en paz? Ve, ve a visitar a alguien que es símbolo de la llaga de Jesús, toca la llaga de Jesús. De esas llagas brota la misericordia. Por eso hoy es el domingo de la misericordia. Un santo decía que el cuerpo de Jesús crucificado es como un saco de misericordia, que a través de las llagas viene hacia todos nosotros. Todos nosotros necesitamos de la misericordia, lo sabemos. Acerquémonos a Jesús y toquemos sus llagas, en nuestros hermanos que sufren. Las heridas de Jesús son un tesoro: de ellas brota la misericordia. Seamos valerosos y toquemos las llagas de Jesús. Con estas llagas está delante del Padre y se las enseña, como si dijera «Padre, este es el precio, estas llagas son lo que yo he pagado por mis hermanos». Con sus llagas Jesús intercede ante el Padre. Nos da la misericordia si nos acercamos e intercede por nosotros. No olvidéis las llagas de Jesús”.

En la actual situación de pandemia, bien vale lo dicho por el Papa Francisco en su mensaje Pascual de 2020: “El Resucitado no es otro que el Crucificado. Lleva en su cuerpo glorioso las llagas indelebles, heridas que se convierten en lumbreras de esperanza. A Él dirigimos nuestra mirada para que sane las heridas de la humanidad desolada”.

Jesús seguirá entrando A PESAR DE LAS PUERTAS CERRADAS,  a nuestros corazones y a la sociedad con todos los desafíos que vivimos. ¡Que sigan viviendo felices Pascuas de Resurrección!

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