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II Domingo de Cuaresma Dios nos entregó a su propio Hijo Rm, 31-34

+ Faustino Armendáriz Jiménez

Arzobispo de Durango  

El 1º domingo de Cuaresma se dedica siempre a las tentaciones de Jesús, y el 2º a la transfiguración. Porque la Cuaresma es etapa de preparación a la Pascua; no sólo a la Semana Santa, entendida como recuerdo de la pasión y muerte de Jesús, sino también a su resurrección. 

La liturgia de la Palabra de hoy propone a nuestra contemplación la luz que irradia la persona de Jesús Transfigurado. A través de todas las lecturas podemos seguir un hilo de oro: el del don de sí mismo como condición de la verdadera comunión con Dios. 

La primera lectura nos presenta el ejemplo de Abraham quien por su obediencia a la Palabra de Dios está dispuesto a sacrificar hasta lo más precioso que tiene: Isaac, el hijo de la promesa. Este sacrificio de su propia voluntad hace a Abraham merecedor de la renovación de la Promesa y de la Alianza por parte de Dios.  

Ahora bien, esta lectura nos revela también el dinamismo propio de la vida creyente, de la vida en Alianza con Dios. Sólo quien está dispuesto a darle a Dios todo, puede recibirlo todo de Dios. “Dios no se nos da del todo, hasta que no nos damos del todo”, dice San Juan de la Cruz. Sólo quien está dispuesto a renunciar puede llegar a poseer; sólo quien está dispuesto a morir, puede resucitar. Es el misterio Pascual de Cristo y del cristiano

Este mismo proceso de muerte y vida reaparece en la segunda lectura con la actuación propia de los principales protagonistas en el drama de la redención humana: el Padre, el Hijo y nosotros. El Padre se desprende de su propio Hijo quien acepta entregarse a la muerte por nosotros y así quedamos justificados. Como dice Kierkegaard: “Lo que Dios no quiso que hiciera Abraham, lo hizo él mismo”. Su amor por nosotros llegó más lejos todavía.

El santo Evangelio presenta también estos temas. En primer lugar, notemos que Jesús es transfigurado por Dios Padre, y el mismo Dios nos invita a escuchar a su Hijo querido, la Palabra definitiva de Dios. Vivir en Alianza es vivir en la Escucha de su Palabra. Y sabemos que en la Biblia escuchar es prácticamente sinónimo de obedecer. Por tanto, al igual que Abraham, estamos llamados a la obediencia de la fe, a escuchar a Jesús, a creerle y a seguirlo por el camino de la cruz hasta la Pascua. 

En el contexto de la cuaresma estos pasaje de la Escritura tienen un valor pedagógico excepcional, pues nos recuerdan las exigencias y las consecuencias de la vida cristiana, y nos ayudan a entender que la pasión es un paso o camino hacia la gloria. Nos lo señala en el prefacio de la Misa de este día: Él mismo, después de anunciar su muerte a los discípulos, les reveló el esplendor de su gloria en la montaña santa, para mostrar, con el testimonio de la Ley y los Profetas, que por la pasión debía llegar a la gloria de la resurrección.

Para vivir en alianza con Dios, para llevar una autentica vida cristiana, debemos seguir a Cristo por el mismo camino por donde él transitó, que es el camino de la donación y de la cruz. No podemos amar la cruz por sí misma; ni podemos complacernos en morir a nosotros mismos mediante la mortificación. Pero sí podemos amar y hasta desear llegar a dónde nos lleva la cruz y la mortificación, paso necesario hacia la gloria

Esta es la pedagogía propia de la cuaresma, que expresa la misma pedagogía de Dios: Nada más dar inicio en la Cuaresma al camino de la cruz, ya se nos propone el destino último de este camino: la gloria suya y la nuestra. Después de haber leído el domingo pasado la lucha contra las tentaciones y el mal, hoy se nos asegura que el proceso termina con la victoria y la glorificación de Cristo, y que también a nosotros la lucha contra el mal nos conduce a la vida.

Queridos hermanos, la santa Palabra de este domingo nos recuerdan a dónde nos conduce el camino cuaresmal que hemos iniciado con el signo de la ceniza: a ser transfigurados con Cristo, a participar de su Gloria, a la Alianza definitiva. La entrega cuesta y duele, como le costó y dolió a Abraham y al mismo Padre. Pero debe ser total, sin reservarnos nada, para que de la misma brote un fruto maravilloso de conversión y transformación. 

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