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XXIX Ordinario, DISCERNIR A LA LUZ DEL EVANGELIO

+ Faustino Armendáriz Jiménez

Arzobispo de Durango.

Este domingo nos toca reflexionar sobre un pasaje de la Escritura muy conocido y citado por propios y extraños: el pasaje sobre el tributo debido al César.

En primer lugar, quisiera resaltar la intención de los fariseos: conducir a Jesús, para hacerlo caer en una trampa, valiéndose de la diplomacia, el discurso y la adulación. Esta manera de obrar es propia de una mente perversa y demoniaca, por eso, Jesús declara duramente su hipocresía y califica su modo de actuar con el mismo verbo con el que califica la acción del maligno en el desierto (cf. Mt 4,1). Queda claro que estos hombres no buscan la verdad ni la justicia, sino que pretenden destruir para garantizar sus intereses.

La pregunta que se realiza, es decir la trampa que se tiende, es sumamente insidiosa, pues esta no se mueve a nivel de hechos, sino a nivel principios, de licitud o ilicitud.

En segundo lugar los invito a analizar la respuesta de Jesús: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», esta respuesta no constituye una evasiva, como algunos piensan. Sino que van al núcleo del problema. Los fariseos y herodianos han preguntado si es lícito pagar tributo desde un punto de vista religioso, si ofende a Dios el que se pague. La respuesta contundente de Jesús es que a Dios le interesan otras cosas más importantes, y ésas no se las quieren dar. Teniendo presente el conjunto del Evangelio, «las cosas de Dios», lo que le interesa, es que se escuche a Jesús, su enviado, que se acepte el mensaje del Reino, que se adopte una actitud de conversión, que se ponga término al raquitismo espiritual y religioso, que se sepa acoger a los débiles, a los menesterosos, a los marginados. Eso no interesa ni preocupa a fariseos y herodianos, pero esa es la cuestión principal y lo que le interesa al Señor. Si el Evangelio no fuese tan breve, quizás la respuesta sería más explícita, podría imaginarme la respuesta de Jesús de esta manera: ¿Es lícito poner el sábado por encima del hombre? ¿Es lícito cargar fardos pesados sobre las espaldas de los hombres y no empujar ni con un dedo? ¿Es lícito llamar la atención de la gente para que les hagan reverencias y les llamen maestros? ¿Es lícito impedir a la gente el acceso al Reino de Dios? ¿Es lícito hacer estúpidas disquisiciones sobre los votos y juramentos? ¿Es lícito dejar morir de hambre al padre o a la madre por cumplir un voto? ¿Es lícito pagar los diezmos de la menta y del comino, y olvidar la honradez, la compasión y la sinceridad? En todo esto es donde están en juego «las cosas de Dios», no en el pago del tributo al César.

De igual manera, nosotros los discípulos del siglo XXI, corremos el riesgo de caer en la trampa, en la tentación perversa y demoniaca, de una teología de la prosperidad, que solo se contenta con el cumplimiento. Un ejemplo elocuente es el actual escenario electoral norteamericano. Con razón muchos católicos se preocupan de votar a favor del partido demócrata ya que puede significar apoyar el aborto. Un católico, ciertamente, no puede dar su voto a favor de un proyecto político que incluya este grave crimen en su agenda salvo cuando existan razones graves y proporcionadas para hacerlo. La enseñanza de la iglesia sobre estas cuestiones es clarísima. Es importante discernir a quien se apoya, porque tampoco se puede apoyar con el voto a una fórmula que promueva la pena de muerte. No es fácil, pero, para el hombre y la mujer de fe, el evangelio es el criterio para discernir. 

 En la realidad, es decir en la vida cristiana, que se desarrolla cada día en cada uno de nosotros, la cuestión es más profunda, ‘Dar a Dios lo que es de Dios’ consiste en adherirse con religioso obsequio de la voluntad a su propuesta de amor. Lo demás es una trampa, un engaño, una tentación maligna, que nos roba la salvación.

 Aprendamos a discernir que le pertenece a Dios, para evitar discursos diplomáticos y engañosos que nos alejan de la verdad, la justicia y el amor.

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