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II Domingo Ordinario Yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios Jn 1,29-34

+ FAUSTINO ARMENDÁRIZ JIMÉNEZ

Arzobispo de Durango

El Domingo pasado, en la fiesta del Bautismo del Señor, el Evangelio de san Mateo se nos presentaba a Jesús, haciendo algo extraño: recibiendo el bautismo de Juan. Un bautismo para las personas que reconocían sus pecados y deseaba empezar una nueva vida. Digo ‘algo extraño’ porque Jesús ha compartido toda nuestra realidad humana menos el pecado, entonces ¿Por qué tendría que recibir dicho bautismo?

San Mateo quería mostrarnos que la propuesta de Jesús, rompe toda lógica y esquema, que su mensaje es totalmente contrario a muchas formas de vida estereotipadas, y por eso el Evangelio muchas veces es incomprendido y rechazado, con esto se nos invitaba a hacernos la pregunta: ¿Realmente Yo Creo que Jesús es el Hijo de Dios, el guiado por el Espíritu Santo? Si es así, la consecuencia sería creer en Él, hacer vida su mensaje. Creo que esta fue la gran enseñanza del domingo pasado. Hoy la Palabra de Dios nos invita a dar un paso más: Dar testimonio de nuestra fe, convertirnos en discípulos-misioneros de la verdad, porque como afirma la primera lectura: te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra.

El Evangelio de san Juan que se nos presenta este domingo, es un dialogo que sin duda ocasiona asombro y curiosidad de quien lo escuchaba, con un poco de imaginación podríamos pensar que más de alguno de los oyentes preguntaría: ¿quién es este que quita el pecado del mundo, que es más importante que Juan, sobre el que se ha posado el Espíritu? Pero lo importante no es la pregunta que se origina sino la afirmación final: Yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios

Nosotros los cristianos, que hemos creído que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, guiado por el Espíritu Santo, debemos dar testimonio de esto que llevamos dentro pues el bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla.

El Santo Padre el Papa Francisco nos decía al respecto: Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo» (Exhot Ap. Evengelii Gaudium 10).

Somos Testigos de que Jesús esta en medio de nosotros, somos testigos de Esperanza, al igual que san Juan bautista, hemos visto y damos testimonio. Pero también debemos de reconocer que muchas personas sobre todo las nuevas generaciones se han alejado de la iglesia, no les interesa conocer ni escuchar algo relacionado con la religión, y en parte con justa razón, pues muchos de quienes se esperaba ser luz y esperanza, hemos sido un mal testimonio que ha lastimado a los más pequeños, muchas veces hemos sido escandalo para los demás traicionado nuestra vocación cristiana. Esta situación ha lastimado hondamente a la humanidad por eso con humildad debemos decir: Hemos pecado, hemos cometido iniquidades y delitos y nos hemos rebelado, apartándonos de tus mandamientos y preceptos. (Dn 9, 5).

Pero en Cristo siempre se puede recomenzar, no olvidemos que la primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48). ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn 1,3). La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás.

Nos conceda el Señor que viendo su Luz nos convirtamos en humildes reflejos de su amor, Amén.

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