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III Domingo de ADVIENTO Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí Cf. Mt. 11, 2-11

+ Faustino Armendáriz Jiménez

Arzobispo de Durango  

El Evangelio del domingo pasado nos habló de la esperanza de Juan Bautista: un Mesías enérgico, con el hacha en la mano, dispuesto a talar todo árbol improductivo, y con el bieldo para quemar la paja en el fuego. Sin embargo, las noticias que le llegan a Juan Bautista en la cárcel sobre la actividad de Jesús son muy distintas. 

«Juan se enteró… de las obras que hacía el Mesías». Juan había oído hablar de las obras, pero no estaba seguro de que Jesús fuera el Mesías. estas «obras» se refieren a las palabras, curaciones, misión. Pero precisamente lo que debía animar a Juan provoca en él la duda. Había esperado un Mesías enérgico, que solucionase definitivamente los problemas; dispuesto a cortar el árbol que no diese buen fruto (3,10), a distinguir entre el trigo y la paja, para quemar lo inútil en una hoguera inextinguible (3,12). Jesús le falla; al menos, lo desconcierta. Actúa de forma muy distinta a como actúa él: no va vestido con una piel de camello, no se alimenta de langostas y miel silvestre, no enseña a rezar a sus discípulos, no les obliga a ayunar, en vez de dar hachazos se dedica a curar enfermos y contar historias bonitas. Juan, después de estar convencido de que Jesús era el Mesías esperado, se pregunta ahora ‒y le pregunta‒ si hay que seguir esperando a otro.

La respuesta de Jesús es desconcertante a primera vista: repite lo que Juan ya sabe. Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Sin embargo, es distinto saber y comprender. Y las obras del Mesías se comprenden cuando son contempladas a la luz de la Escritura. No se trata de saber que Jesús ha curado a dos ciegos, a un mudo, o a un leproso. Lo importante es que en todo eso se está cumpliendo lo anunciado por los antiguos profetas. Las palabras de Jesús aluden a diversos textos del libro de Isaías que hablan de la salvación futura, cuando queden vencidas la muerte, la enfermedad y el dolor:

A partir de estas promesas, elabora Jesús su respuesta, que pasa de la enfermedad física (ciegos, cojos, leprosos, sordos) a la muerte y a la evangelización de los pobres. A partir del libro de Isaías se podría haber construido una imagen muy distinta, más en la línea de Juan Bautista. Jesús elige la que sólo subraya lo positivo. Y esto puede provocar una reacción en contra. Por eso termina con un serio aviso: «¡Dichoso el que no se escandalice de mí!» Esto es lo que los discípulos de Juan deben comunicarle en la cárcel. 

Este pasaje del Evangelio en es muy importante en nuestra preparación hacia la Navidad, pues nos invita a salir del romanticismo sentimentalista para examinar con seriedad la imagen de Jesús que tenemos.

Las palabras y las obras de Jesús desconcertaron a Juan Bautista, escandalizaron a los escribas y fariseos, no fueron entendidas por los discípulos. Es absurdo e ingenuo pensar que nosotros no tendríamos ninguna dificultad en aceptarlas. Quien no se ha sentido desconcertado por el Evangelio debería preguntarse si en realidad alguna vez lo ha tomado en serio.

Por ejemplo, ante muchas parábolas de Jesús, la reacción normal no debe ser: ¡qué bonita!, sino rebelarse contra su enseñanza. ¿Por qué el padre acoge con tanto cariño al hijo pródigo y nunca en la vida le ha dado un cabrito al hermano mayor para convide a sus amigos? ¿Por qué el dueño del campo le paga la misma cantidad, un denario, al que ha trabajado una hora que al que ha sudado desde las seis de la mañana hasta la puesta del sol? 

Con respecto a su conducta, ¿por qué defiende a sus discípulos cuando se saltan el sábado sin motivo alguno, e incluso lo justifica con argumentos bíblicos que no prueban nada? ¿Por qué ataca de manera tan terrible a los fariseos, que, aunque tuviesen muchos fallos, deseaban cumplir la voluntad de Dios?

Las preguntas podrían multiplicarse, demostrando que la reacción normal ante Jesús no es el aplauso sino el desconcierto, el escándalo o el rechazo. Luego, en un segundo momento, a base de reflexión y de oración, es cuando se advierte que su postura es la más adecuada y se llega a la fe en él.

Hoy el consumismo aderezado con el ajetreo de fin de año, nos puede convencer de ver el misterio de navidad como un bello cuento, lleno de magia y de ilusión. Es cómodo pensar así, pero es peligroso vivir así, por eso el Evangelio de este domingo ordena: Vayan a contar lo que están viendo y oyendo. Es decir, vayan comuniquen su experiencia de haber encontrado al Dios encarnado. Y esto queridos hermanos es realmente vivir y celebrar la Navidad. Los invito a dejarnos encontrar con la caricia de Dios, que rompe los esquemas dictados, dejémonos envolver por su misterio de amor, para poder transformarnos y participar el su Reino. Amén. 

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