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I Domingo de Adviento Velen y estén preparados Mt 24, 37-44

La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a esperar, pero, ¿Qué y cómo debemos esperar?

+ FAUSTINO ARMENDÁRIZ JIMÉNEZ

Arzobispo de Durango

Veamos con atención cada lectura que hemos escuchado. La primera lectura (Isaías 2,1-5) responde a una de las experiencias más universales: la guerra y la violencia. Israel debió enfrentarse desde su comienzo como estado a pueblos pequeños, a guerras civiles y a grandes imperios. Pero no sólo los israelitas era víctimas de estos disturbios, sino todos los países del Cercano Oriente, igual que hoy día lo son tantos países del mundo que sufren distintas clases de violencia y opresión. 

Podríamos contemplar este hecho con escepticismo: el ser humano no tiene remedio. La ambición, el odio, la violencia, siempre terminan imponiéndose y creando interminables conflictos y guerras. Sin embargo, la lectura de Isaías propone una perspectiva muy distinta. Todos los pueblos, asirios, egipcios, babilonios, medos, persas, griegos, cansados de guerrear y de matarse, marchan hacia Jerusalén buscando en el Dios de Israel un juez justo que dirima sus conflictos e instaure la paz definitiva.  Esta es parte de la mística de Navidad, volver a Dios, buscar su rostro, redescubrir su propuesta para el mundo. Cuanta falta le hace a nuestra sociedad dejarse envolver por la presencia del Dios-niño, del Dios encarnado, del Dios cercano, del Dios que camina con nosotros.

Cuando el ser humano se deja inundar por el amor, se produce un gran milagro, la creatividad del ser humano hace posible transformar la muerte en vida: “De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas”. Lo que servía para destruir, oprimir y matar, con el Don de Dios en el corazón se convierte en servicio para la humanidad.

Pero para que esto sea posible debemos evitar la tentación de la indiferencia, y esto es lo que nos pide el Evangelio de este domingo, al motivarnos a la vigilancia.

La actitud de vigilancia queda expuesta en dos comparaciones, una basada en el AT, y otra en la experiencia diaria. 

La primera hace referencia a lo ocurrido en tiempos del diluvio. Antes de él, la gente llevaba una vida normal, despreocupada. La catástrofe le parecía inimaginable. Lo mismo ocurrirá cuando venga el Hijo del Hombre. Por tanto, estén en vela, porque no saben qué día vendrá el Señor.

La segunda comparación está tomada de la vida diaria: la del dueño de una casa que desea defender su propiedad contra los ladrones. El mensaje es el mismo: estén en vela.

A propósito de estas comparaciones podemos indicar dos cosas: 

1) Ambas insisten en que la venida del Hijo del Hombre será de improviso e imprevisible; no habrá ninguna de esas señales previas que tanto gustaban a la apocalíptica (oscurecimiento del sol y de la luna, terremotos, guerras, catástrofes naturales). 

2) Las dos comparaciones exhortan a la vigilancia, a estar preparados, pero no dicen en qué consiste esa vigilancia y preparación; se limitan a crear un interés por el tema. Esta falta de concreción puede decepcionar un poco. Pero es lo mismo que cuando nos dicen al comienzo de un viaje en automóvil: «ten cuidado». Sería absurdo decirle al conductor: «Ten cuidado con los coches que vienen detrás», o «ten cuidado con los motoristas». El cristiano, igual que el conductor, debe tener cuidado con todo, porque un descuido compromete nuestra salvación, la oportunidad de una vida plena, en este sentido san Pablo concretiza el modo de esperar y de vigilar: El cristiano, como hijo de la luz, debe renunciar a comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno, riñas y pendencias. Es el comportamiento moral a niveles muy distintos (comida, sexualidad, relaciones con otras personas) lo que debe caracterizar al cristiano y como se prepara a la venida definitiva de Jesús, y esto no simplemente porque es pecado sino porque representa un verdadero peligro para nuestra plenitud. Está claro que ese pequeño catálogo podría haberlo firmado cualquier filósofo estoico o cualquier persona con una ética razonable. Pero san Pablo añade algo peculiar: “revístanse del Señor Jesucristo”. Esto no es estoico, o simplemente ético sino típicamente cristiano, esta es la mística del Adviento y Navidad: Jesús como modelo a imitar, de forma que, cuando la gente nos vea, sea como si lo viese a él. Creo que san Pablo no tendría inconveniente en que sus palabras se tradujesen: «Disfrácense del Señor Jesucristo, o mejor aún, sean otro Jesús». Compórtense de tal forma que la gente los confunda con él. Buen programa para comenzar el Adviento. El Señor está cerca velen pues porque su vida este conforme al ejemplo de Jesús. El Señor está cerca.

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